Imagen catártica

thinking a smoke

Tal vez fue un escrito planeado. Claro que el plan no fue planteado en el escrito mismo sino en la forma en que sería recibido; con retraso, sin comunicación segura, con sólo dos opciones en mente, una respuesta posible y una indeseada; la lejanía fue el término clave.

El miedo que tenía aquel por abrir las puertas a lo desconocido fue lo que le hizo mantener las manos en los bolsillos, lo que le impidió sacar esa llave y ponerla en el cerrojo y saber si abriría o no aquella puerta.

Cuando llovió esa noche que envió el escrito fue como si hubiera puesto la mano en la manija de la puerta y el sudor de su mano hubiera sido más frío que nunca y lo alejara de la puerta a espera de que alguien abriera del extremo contrario.

Al enviar el escrito no supo hacer nada más que tomar un carbón y un trozo de papel y comenzar a tallar trazos ilegibles, no podía hacer nada más mientras esperaba a que el escrito llegara conforme a los pasos planteados al momento de decidir enviarlo. Sabía que tendría que esperar varios días antes de tener cualquier esbozo de respuesta, esperaría pacientemente mientras repetía el proceso del carbón y el papel, en espera de mejorar el resultado del día anterior y de recibir cualquier idea que dirigiera el trazo hacia alguna forma definida, alguna letra, algún espacio, cualquier concepto. Así mataría dos pájaros de un tiro: la necesidad de crear algo útil para sí mismo y evitar la especulación ansiosa.

Llego el día de la respuesta y en su mesa de trabajo tenía al menos doscientas hojas con infinidad de imágenes, desde una letra hasta esquemas de pensamiento y aprendizaje; finalmente, todo trazo hecho a partir de un pensamiento abstracto y que denotaba que no había podido sino especular a un nivel subconsciente lo que había intentado evitar a nivel consciente.

Tenía ante sí un escrito parecido al que había enviado; no era el mismo, no tenía la misma escritura, no era el mismo papel, no tenía siquiera el mismo tamaño y sentía como si fuera una masa informe que sólo estuviera gritando dentro de sí misma a la espera de que liberara sólo una porción de su contenedor para alimentarse del último atisbo de conciencia que le quedaba.

Evitó a toda costa ese envoltorio… trató de enfocarse en los papeles que a pesar de que no contenían más que contrastes que generaban imágenes, éstas imágenes estaban llenas de sutiles evidencias de lo remitían invariablemente al escrito recibido…

Letras que en sus formas contenían trazos disímiles, descendentes amplios contra ojos angustiados, trazos que comenzaban muy sueltos y se convertían en lineas dudosas, inacabadas. Esquemas que eran incoherentes, irreales, utópicos, redundantes. Bocetos de espacios erráticos, con áreas indefinidas y zonas difusas. Escorzos difusos y con trazos que le daban una imagen de irrealidad y error. Paisajes en penumbra, con niebla y sobre una composición claramente atípica.

Todos esos pequeños elementos lo rebotaban al escrito.

Tardó aún algunos días en abrirlo, evitó a toda costa el enfrentarse a esa serie de trazos que le abrirían más dudas o terminarían con ellas.

Llegó el día que no pudo hacer más que sentarse a esa misma mesa de trabajo, removió todos los papeles rayados, algunos se quedaron en la mesa… la mayoría cayó alrededor de su asiento, la mesa y debajo de ésta. Tomó la navaja, miró el brillo ahogado por el óxido y el polvo que la cubrían, rompió el envoltorio y, contrario a lo que había pensado al recibirlo, no hubo gritos ni palabras ni murmullos; observó el fajo de hojas que estaban ahí, las tomó y pasó una a una con rapidez y sorpresa, no tenían una sola mancha de tinta en ellas… cayeron al piso sobre las hojas con carbón.

Salió de la habitación, apagó la luz, todas sus esperanzas cayeron como esas hojas y, al igual que las hojas, las olvidó en esa habitación. Salió y caminó por horas sin rumbo en la ciudad que se iba matizando de colores al atardecer…

Regresó en la noche a la habitación, tomó todos los papeles y los arrojó dentro de una bolsa de plástico sin atreverse a verlos de nuevo.

Nunca logro ver a las hojas hablar al atardecer; cuando estaba en la calle el último brillo del día entró por la ventana e iluminó el fajo sobre el piso y en el fajo se logró ver una minúscula nota al pie de una hoja del centro… hablaba tan claro como si todas y cada una de las hojas estuviera llena de tinta.

“Cara a cara” era lo que decía… no lo leyó, no se enteró, sólo lo perdió de vista y se fue a la basura con todo lo que había pensado en aquellos días…

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